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Podría decirse que es una de mis pocas esculturas que no aborda la figura humana... pero es obvio que sí, o al menos lo que queda de ella después de la muerte...

Creo que esta obra resume a la perfección la intención que subyace en la serie Disonancias en particular y en todas en general: captar en una imagen sencilla y aparentemente inocente un sentimiento que a menudo surge del dolor.

Estos 32 pequeños huesos ensamblados de los que emerge el tierno capullo de un flor es un recordatorio personal:
RECUERDA VIVIR.

Como cantara Xoel López,
del lodo crecen las flores más altas. 

Y no puedo estar más de acuerdo.

Los cadáveres que dejamos por el camino son el abono perfecto para renacer.